jueves, 31 de mayo de 2007

EL CANTO DE LAS SIRENAS

Era ya de tarde cuando Carlos escuchó que llamaban a la puerta. Al asomarse por la ventana, suspiró y con un gesto de fastidio salió a atender a las visitas.
-Que hay, Carlitos? - dijo el jefe de la policía municipal, limpiándose el lodo de los zapatos.
No era normal que lloviera tanto fuera de temporada y menos cuando todos los pronósticos auguraban un cielo despejado y soleado en aquel pueblito costero alejado de toda civilización; sin embargo, ya estaban casi en el sexto día consecutivo de lluvias que parecían ser interminables.
-Nada, ya les dije varias veces lo que pasó con mi hermano.- Contestó el puberto mirando a los policías con recelo.

- Sí, muchacho, pero verás, Víctor aún no aparece, y ese cuento que andas circulando por ahí no se lo traga ni la ballena que se comió a Noé.
- A Jonás, Señor, la ballena se comió a Jonás.- corrigió susurrando el oficial Saldívar, quien lo acompañaba.
- Es igual. Así que quiero que me cuentes esa historia, pero esta vez a mí personalmente.
Entraron en la pequeña casita de adobe y al calor de una taza de café, el pequeño Carlos se preparó para contestar las preguntas que se le hicieran y contar lo acontecido por enésima ocasión.

Víctor era pescador, lo había sido desde niño, siguiendo la línea de oficio de su padre, su abuelo y su bisabuelo.
Aún antes de salir el sol, Víctor se encontraba ya en su bote tirando las redes al mar. Regresaba a casa cerca del medio día, y vendía su mercancía en el mercado de la plaza principal.
Todos en el pueblo conocían a los hermanos Víctor y Carlos Ballesteros; la gente los tenía en muy alta estima, puesto que desde pequeños se quedaron huérfanos cuando el bote en el que iban sus padres naufragó a causa de un fuerte huracán que azotó la zona. Desde entonces, Víctor, el mayor, se hizo cargo de su hermano. Trabajaba muy duro para que Carlos pudiera estudiar y salir adelante.
Muchas veces se sentaban en un arrecifre cercano a su hogar a contemplar la puesta de sol. Víctor decía que era muy importante apreciar las maravillas de la naturaleza para que la Madre Tierra no les negara sus favores.
-Algún día saldrás y harás cosas importantes, pero para eso hay que trabajar mucho y no dejarte llevar por tus impulsos.- solía decirle a su hermano menor, sin apartar la vista del horizonte.

El día en que desapareció, Víctor salió como siempre muy temprano a la pesca, pero al anochecer se encontró únicamente su bote a la orilla de la playa. Lo buscaron durante varios días, hasta que lo dieron por muerto. Las autoridades decidieron suspender la búsqueda debido al mal tiempo y a que seguramente el mar se había tragado el cuerpo y sería prácticamente imposible hallarlo.
Pero el Jefe Rivas no desistió. Seguía empeñado en descubrir la verdad sobre lo que le había pasado al muchacho; y cuando se enteró de los rumores que circulaban acerca del joven pescador, decidió hablar personalmente con el hermano de éste para conocer los detalles de tan increíble historia.

- A ver, hijo, dices que tu hermano desapareció ¿a causa de que?

- Ya se los dije, se enamoró de una sirena.

El oficial Saldívar tosió mirando de reojo al Jefe y se acomodó en la silla.

- Mira muchacho, antes de arrestarte por mentiroso, voy a dejar que me cuentes toda tu versión.


Carlos contó entonces cómo su hermano un día empezó a cambiar. Se le veía a menudo pensativo, otras veces triste, desesperado o de mal humor. Pasaba las noches en vela, y en muchas ocasiones, se hacía a la mar más temprano que de costumbre.

Una tarde, Víctor se tardó más de lo debido, y Carlos, al ver que no regresaba, decidió ir a buscarlo. Pidió prestada una lancha y fue hacia el sitio en donde acostumbraba pescar su hermano. Entonces lo vió. Se encontraba en su bote, y al parecer charlaba con una hermosa muchacha de cabello largo y rojizo; ésta se hallaba flotando en el agua con el torso recargado en la orilla de la embarcación. En cuanto se dio cuenta de que alguien los observaba, emitió un sonido agudo parecido a un chillido o un grito, y clavando su mirada llena de furia en los ojos de Carlos, desapareció en el mar.

Víctor se volvió y se dirigió molesto hacia la lancha para reclamarle al hermano su presencia.
Carlos estaba atónito, y un poco temeroso, intentó poner atención a lo que le gritaba el pescador.
- ¿Cómo te has atrevido a venir? has debido quedarte en casa, no tienes nada qué hacer aquí. Por tu culpa se fue y ahora ella jamás volverá a confiar en mí.
El hermano menor reaccionó por fin.

- Víctor, era una sirena, eres tú quien no ha debido jamás acercarse a ella, sabes lo que papá siempre nos decía, nos advertía del peligro de hablar con esas criaturas.

- Esos son cuentos.- Contestó, no muy convencido, pero sí mas calmado.

- Oh, ya es tarde, ¿no es cierto?, ella te hechizó con el maldito poder de su mirada. ¡Tienes que luchar, hermano, no permitas que te domine su maldad!- gritó tomándolo por los hombros y sacudiéndolo una y otra vez.
Pero era inútil, y ambos lo sabían. Había sucumbido ya a ese cruel sentimiento. Estaba demasiado enamorado como para razonar.
- Ya no tiene caso.- contestó Víctor, con la mirada fija en el fondo del océano.- Se ha llevado mi alma. Mi corazón y mis pensamientos están ahí, en lo profundo del mar, con ella. Este ya no es mi hogar, no puedo quedarme más en tierra firme.
Carlos sabía que era imposible retenerlo, abrazó fuertemente a su hermano, diciéndole en tono casi inaudible "no me dejes".

Víctor se fundió en ese abrazo, lo miró y le dijo al oído:

- Perdóname. Yo me encargaré de que esto no le pase a ningún otro pescador.
Se quedó de pie, en la orilla de la lancha, volvió a mirar a su hermano de reojo y con un gesto profundamente triste le dijo:

- Debo ir y liberar mi alma.
- Pero, ¿Cómo sabré que estás bien?.- preguntó Carlos al borde del llanto.
- Cuando pase la tormenta, y veas una nueva puesta de sol, sabrás entonces que he ganado la batalla.

Después de eso, Víctor desapareció entre el agua y la sal del océano; y en ese mismo instante comenzó a llover sin parar.

El Jefe Rivas dio un sorbo más a su café y se recargó en su asiento.

-Vaya historia, jovencito, pero comprenderás que es algo difícil de creer. ¿Me estás diciendo que esta lluvia incesante del demonio es consecuencia de una lucha entre tu hermano y una sirena?

- No estoy seguro - contestó dudoso - tal vez la lucha no sea con ella sino contra él mismo.

Al Jefe se le terminaba la paciencia.

- Si no te conociera tan bien a tí y a tu familia serías el primer sospechoso.

- Podrá encerrarme en una celda para siempre, pero igual jamás encontrará a mi hermano. Cuando un hombre cae en las redes de una sirena, no regresa.
- ¿Dices entonces que las sirenas son seres malvados cuyo único fin es apoderarse de las almas de los hombres? ¿Con qué objeto? ¿Qué sentido tiene todo esto?

- Jefe, nosotros tiramos las redes al mar para atrapar peces y así alimentarnos. Ellas tiran las suyas para atrapar a los hombres; se alimentan de sus almas jóvenes y enamoradas; de sus corazones fuertes y amantes. Tal como un vampiro necesita de la sangre para sobrevivir.

El Jefe miró al oficial Saldívar con gesto de incredulidad y éste le devolvió una mirada dudosa y confusa.

- Caray niño, qué bonito hablas y qué bien te expresas, pero no me creo esas patrañas. Ya estoy cansado de tanto cuento fantasioso, asi que me dices exactamente lo que pasó con tu hermano o te llevo a la comandancia bajo sospecha de homicidio.- Gritó el Jefe dando un golpe en la mesa.

En ese momento se escuchó un trueno y un relámpago iluminó el cielo; la gente salió de sus casas para enterarse de lo que pasaba. Una ráfaga de viento húmedo inundó toda la costa; y del mar emergió una ola enorme, de cuyo interior subió una sombra que se parecía mas bien a un remolino remontándose hacia las nubes. Se escuchó un grito igual a un chillido ensordecedor que Carlos distinguía tan bien; como el de aquella noche fatal. Y cuando el remolino llegó a su destino, las nubes se disiparon, dando paso a un cielo azul como nunca se había visto, y la puesta de sol más hermosa y resplandeciente hizo su aparición mientras el joven la contemplaba emocionado.

- Está hecho.- Murmuró con los ojos llenos de lágrimas, sin desviar la vista de aquel paisaje esplendoroso, mientras la gente se amontonaba en la orilla de la playa, alrededor del Jefe Rivas y del oficial Saldívar para mirar incrédulos a la extraña criatura que yacía inerte sobre la arena. Un ser mitad humano, mitad pez, de cabello largo, rojizo; con los ojos grandes, hermosos pero profundamente vacíos, como si le hubieran arrebatado el alma.

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