"No se vive sin la fe. La fe es el conocimiento del significado de la vida humana.
La fe es la fuerza de la vida. Si el hombre vive es porque cree en algo."
Leon Tolstoi
La fe es la fuerza de la vida. Si el hombre vive es porque cree en algo."
Leon Tolstoi
Como todos los días, Aníbal despertó muy temprano, listo y dispuesto a prepararse para cumplir con sus obligaciones. Después de decir sus oraciones, se dirigió al Gran Salón, donde tendrían su servicio matutino. Tomó su lugar al frente; y sentado en una de las 5 sillas del estrado, se dispuso a esperar y a contemplar la sala. Mientras esperaba a que empezara el servicio, observaba atento y satisfecho a cada uno de los fieles que iban entrando al recinto.
Aníbal era un hombre de mediana edad; nacido en el seno de una familia acaudalada. Por desgracia, sus padres fallecieron siendo él apenas un adolescente, y fue entonces cuando comenzó la búsqueda por algo que pudiera llenar el enorme vacío que tal tragedia le dejó.
Se inició en la congregación muy joven, y puede decirse que por casualidad, aunque él prefiere pensar que recibió el llamado Divino. Aún podía recordar cada detalle de aquel día: la fina llovizna que refrescaba la piel, el olor a pan recién horneado de la pastelería, la calle empapada, casi desierta.... y a mitad de la acera, un hombre de apariencia agradable repartiendo panfletos y hablando entusiasmadamente, al parecer a la nada, de la doctrina de El Supremo. Aníbal se acercó un tanto dudoso, y aquel hombre le regaló material de su credo; le contó de sus inicios, de cómo El Supremo lo había iluminado tomándolo como instrumento para esparcir el mensaje Divino. Este hombre era Azaiel, mensajero de El Supremo y fundador del grupo religioso Ilahi Lux. Su doctrina se basaba en anunciar a la humanidad las fechas exactas del fin del mundo, para que así, todo hombre, mujer y niño sobre la faz de la Tierra, tuviera la oportunidad de arrepentirse, de desprenderse de todo lo mundano y unirse a los Ilahi teniendo el privilegio de recibir los mensajes de El Supremo a través de su líder.... el Iluminado... el Elegido.
Solamente Azaiel, quien había sido tocado por la Mano Divina, tenía la bendición y enorme responsabilidad de absolver y limpiar de pecado a todo aquel que estuviera dispuesto a abandonarlo todo por la causa.
Aníbal se adentró cada vez más en el grupo religioso. Fue a la alejada aldea donde se encontraba establecida su comunidad; al principio como visitante, después para quedarse. Le gustó la idea de no tener diarios, libros, o cualquier otro medio de comunicación que pudiera interferir con su modo de vida, con su fe. Poco a poco se fue convenciendo y tomando como propia la doctrina hasta que un día decidió dejarlo todo. Todas sus posesiones fueron puestas en venta y todo el dinero, producto de la herencia de sus padres, fue para Ilahi Lux, tal como era el mandato divino de El Supremo, a través de Azaiel, quien gustosamente recibió tanto a Aníbal como a sus riquezas.
Ahora, Aníbal no podría estar mas feliz: todos esos años de creer, de dedicar su vida a difundir el mensaje, de aportar para la supervivencia del grupo, de hacer trabajos eventuales, repartir panfletos, pedir dinero en las calles, había rendido frutos. Con el paso del tiempo se ganó la confianza de Azaiel, quien lo ungió como uno de los 5 líderes de la congregación. Solo los fieles mas devotos y comprometidos con la causa tenían ese honor, pues él solamente delegaba responsabilidades en esas 5 personas.
Aníbal era uno de ellos, al igual que Jacinto, Rodrigo, Damián y Manuel. Estando ahí sentado, esperando la presencia de el Iluminado, se decía a sí mismo lo afortunado que era al sentirse completo, feliz y lleno de fe.
El recinto se llenó al fin; todos los congregados recibieron jubilosos a su Guía. Azaiel entró, sonriendo, como siempre, caminando por el pasillo, saludando y bendiciendo a la gente, ataviado con una túnica blanca de bordes dorados. Subió al estrado y se dirigió a la audiencia.
- Hermanos, hermanas... El Supremo ha venido a mí y me ha dicho que tenemos que apresurar el paso. Las fechas del fin están cerca, y solo el que esté con nosotros será salvo. No hay por qué temer, El Supremo se encuentra complacido con nuestra fe, nuestra entrega, y a nosotros no nos pasará absolutamente nada. El fin de la vida llegará solo para los incrédulos, para aquellos necios que se nieguen a creer en nuestras enseñanzas. Para nosotros la muerte no existirá más después de las fechas. Como ya todos saben, serán 3 días en los cuales El Supremo mandará toda su ira para terminar con el mundo de pecado y aberración en el que vivimos. Nuestro deber es anunciarlo para que cada vez seamos mas los que gocemos la dicha de una vida plena. Les pido que redoblen esfuerzos, faltan escasos dos meses y tenemos que conseguir más adeptos, mas recursos, donaciones. Recuerden que vivimos de la fe y no podemos contaminarnos trabajando fuera de la aldea, en un ambiente impuro. Vayan pues, y repartan el mensaje. Les doy mi bendición.
Y con estas palabras dio por terminado su sermón.
Aníbal salió lleno de optimismo, a caminar los 2 kilómetros de sendero terregoso que separaban a la aldea de los Ilahi de la carretera que llevaba a la ciudad. Con el maletín lleno de panfletos, y el corazón lleno de fe, caminaba, a paso acelerado cuando sintió que alguien lo seguía.
Jacinto se apresuró para alcanzar a Aníbal, y después de un rato de andar juntos se armó de valor para hablarle.
- Sabes, Aníbal, últimamente me he estado preguntando si realmente vale la pena todo esto... es decir... las fechas están ya muy cerca, y no sé, nada ha cambiado, no hay señales de que algo grande vaya a suceder.... es un tanto confuso ¿no crees?
Aníbal se detuvo un momento. Miró a Jacinto con incredulidad, como estudiándolo. Se quitó los anteojos, sacó un pañuelo del bolsillo izquierdo y los limpió cuidadosamente. Se volvió a guardar el pañuelo, se colocó los anteojos y clavó su mirada segura y molesta en los ojos de su amigo.
- Jacinto - dijo por fin, en tono pausado - Si no estás convencido, si tu fe tambalea, deberías considerar la posibilidad de dejar la comunidad. Sabes que Azaiel jamás ha cerrado las puertas para los que quieran entrar ni para los que quieran dejar el grupo. Pero una cosa sí te digo: si tu fe es tan débil, no deberías ser uno de los líderes.
Jacinto se quedó un momento de pie, pensativo, mientras Aníbal se adelantaba a propósito. No quería hablar más con él. No concebía cómo alguien que había dedicado gran parte de su vida a los Ilahi, podría tener dudas de su credo. Decidió no pensar mas en ello y hacer su labor dando como siempre, el cien por ciento.
Las semanas fueron transcurriendo, y en la aldea se notaba cierta expectación por la cercanía de las fechas que significarían el fin del mundo. Mientras más cerca estaban los días finales, más se percibía la inquietud entre los Ilahi; sin embargo, Azaiel los tranquilizaba repitiendo una y otra vez que no había nada qué temer, que ellos estarían a salvo. Su sola presencia irradiaba paz y seguridad a sus seguidores.
La noche anterior al "Día Uno" como se referían al primero de los tres días finales, Aníbal casi no pudo conciliar el sueño. La mezcla entre emoción y nerviosismo lo mantuvo despierto hasta la madrugada.
DÍA UNO
Había llegado por fin el primer día del final. A pesar de casi no haber dormido, Aníbal se presentó, como siempre, muy temprano en el Gran Salón. Durante su sermón, Azaiel instruyó a su comunidad: era necesario que en esos tres días se hicieran labores de limpieza y restauración de viviendas en la aldea, para recibir a El Supremo. De manera que, para agilizar las cosas, ordenó que tres de los líderes fueran a la ciudad a hacer su labor de proclamar el fin; así como abastecerse de algunas cosas necesarias para la aldea. Los otros dos se quedarían para ayudar en las tareas de limpieza.
Así pues, Aníbal, Damián y Manuel emprendieron el camino hacia la ciudad, mientras que Rodrigo y Jacinto se preparaban para sus deberes.
En la ciudad, los tres líderes decidieron que sería mejor separarse para agilizar la faena; se reencontrarían al anochecer en un punto intermedio, cada quien con sus respectivos encargos para regresar juntos a la aldea.
El día fue muy largo y pesado. Al terminar la tarde, la lluvia se hizo presente. Aníbal se resguardaba en una esquina, mientras esperaba a sus compañeros. A lo lejos vio llegar a Manuel, muy apresurado; y conforme se acercaba, se le iba notando una palidez poco usual, y un semblante temeroso.
- ¿Qué pasa? - preguntó Aníbal, en cuanto lo tuvo suficientemente cerca. - ¿En dónde está Damián?
Manuel tartamudeaba, con un temblor incontrolable, que ya no se sabía si era por las heladas gotas de lluvia o por el terror que reflejaba su mirada.
- Damián... está muerto - dijo, con un gesto ausente.
- ¿Cómo? - preguntó Aníbal, incrédulo.
- Veníamos hacia acá, cruzamos una avenida, pero hubo un apagón justo cuando íbamos en medio de la calle, yo me apresuré pero él se quedó atrás. Un automóvil que pasaba no lo alcanzó a ver, por la lluvia y .... está muerto, Aníbal, ¡Muerto! lo vi con mis propios ojos... ¿Qué vamos a hacer? - preguntó entre sollozos.
Aníbal casi no lo pensó. Recobró la compostura de inmediato y contestó:
- Regresar tú y yo a la aldea. Sabes que las personas de afuera no entienden nuestro modo de vida. Azaiel siempre ha dicho que hay que mantenernos al margen del mundo exterior y no contaminarnos con sus leyes y costumbres. Anda, trata de calmarte y regresemos.
Era ya de noche cuando por fin llegaron a casa. Desde la entrada se podía sentir que algo no andaba bien. Todos se encontraban congregados en el Gran Salón. Mientras se dirigían presurosos hacia allá, encontraron en su camino a Jacinto, quien también se apresuraba a llegar al recinto.
- ¿Qué está pasando? - preguntó Aníbal - ¿Por qué todos están allá?
- Es Rodrigo - contestó Jacinto con voz temblorosa - En la tarde se encontraba reparando un tejado, y de repente, se desvaneció y cayó. Murió al instante.
Manuel se detuvo en seco. Tomó a Aníbal del brazo, jaloneándolo y con los ojos desorbitados le gritó:
- ¡Dos, Aníbal!... ¡Dos muertes en un solo día!... ¡En el nombre de El Supremo, ¿Qué es lo que está pasando aquí?!
Aníbal se soltó y lo tomó con fuerza de los hombros.
- ¡Cálmate!, esto no es mas que una terrible coincidencia. ¿Por qué no vas a la cocina, comes algo o tomas un té e intentas tranquilizarte un poco?
Manuel los miró a ambos, asintió con la cabeza y tomó el consejo de su amigo. Jacinto se volvió hacia Aníbal:
- ¿De cuáles dos muertes habla?... ¿Y por qué no viene Damián con ustedes? - preguntó, temiendo la respuesta.
- Damián tuvo un infortunado accidente, producto de la lluvia y un apagón. Murió arrollado por un auto. - dijo en tono serio, pero tranquilo. - Vamos, hay que despedir a Rodrigo.
Jacinto se dejó llevar al Gran Salón, pero aún no daba crédito a lo que acababa de escuchar.
DÍA DOS
Muy temprano en la mañana, todos se habían enterado ya de lo sucedido a Damián. Azaiel percibió el miedo entre sus fieles y decidió convocar a una junta urgente con el fin de calmar un poco el nerviosismo. Desde el estrado, hablaba con tono sereno y confiado. Buscando las palabras exactas para transmitirle a su gente la paz y la calma que tanto necesitaban.
- Hermanos: hemos sido testigos de dos grandes tragedias que ayer azotaron a nuestra comunidad. El Supremo nos pone a prueba. Quiere constatar la fortaleza de nuestra fe y la nobleza de nuestros corazones. Rodrigo y Damián fueron excelentes personas y fieles devotos a nuestras creencias. Los Ilahi nos debemos sentir orgullosos de haber compartido con ellos gran parte de su vida; pero ahora es momento de dejarlos ir... de permitir que sus almas se fundan con El Supremo en una armonía infinita, allá, en la otra dimensión, donde se encuentran ahora, donde estaremos nosotros muy pronto y donde seguramente estarán gozando las bondades de ser parte de la divinidad de El Supremo. De manera que, sigamos con nuestra jornada de el día de hoy, y démosle nuestro trabajo a nuestros hermanos a manera de ofrenda. Hagamos que El Supremo se sienta orgulloso de su pueblo.
Todos salieron mucho más tranquilos de la junta, y aún con la pena que les embargaba y la inquietud, se dispusieron a realizar sus labores.
Aníbal le comentó a Azaiel que tal vez sería mejor si nadie lo acompañaba esta vez a la ciudad, para que la aldea se quedara con dos de sus líderes y así reforzar la confianza. Azaiel estuvo de acuerdo, de manera que emprendió él solo el camino.
Al anochecer, comenzó a llover nuevamente. Aníbal corrió hasta la entrada de una tienda de electrónica para guarecerse. Empezó a palidecer cuando escuchó la noticia, y se volvió bruscamente para ver las imágenes en uno de los televisores.
- Un aparatoso accidente se registró esta tarde cuando un autobús que viajaba a la ciudad vecina perdió el control y salió del camino, estrellándose contra un árbol. Los pasajeros presentan solo algunas heridas leves, y lamentamos la muerte de una sola persona, a quien no se le encontró identificación alguna, pero que, a decir de otro de los pasajeros con quien iba conversando, dijo llamarse Jacinto Meléndez. Este hombre vestía camisa a cuadros, pantalón y zapatos marrón...
Las imágenes mostraban parte del cuerpo sin vida de aquel hombre y Aníbal no pudo contener las lágrimas. "Es él", pensó, "¡Es Jacinto!". Aún cuando la lluvia arreciaba, corrió a tomar el autobús que lo llevaría de regreso a la aldea.
Cuando llegó no había casi nadie. Todos estaban huyendo. Tomó del brazo al primero que encontró en su camino y le preguntó:
- ¿Por qué se van todos? ¿Que pasó?
El hombre lo miró temeroso y contestó:
- Esta mañana, a Manuel le dio un ataque al corazón y falleció; y Jacinto se fue... nos abandonó. Los líderes están muriendo y Azaiel no aparece por ningún lado. No queremos quedarnos a morir también.
Dicho esto, se alejó con su maleta en la mano.
Aníbal se sentía triste, confundido y demasiado cansado. Decidió descansar un poco antes de tomar alguna acción. No podía hacer más en ese momento. Fue a su vivienda y se recostó. Casi sin darse cuenta, se quedó profundamente dormido.
DÍA TRES
Cuando despertó era casi medio día. Se sorprendió al darse cuenta de lo mucho que había dormido. Se arregló un poco y fue a buscar algo de comida. Por la tarde recorrió la aldea completamente desierta. Y entonces, se encaminó al Gran Salón. Sabía exactamente en dónde encontrar a Azaiel, y estaba seguro de que él, con el poder de El Supremo, sabría cómo arreglar todo este desastre.
Al llegar al estrado, se dirigió a la pared que se encontraba detrás de una imagen. Dio unos suaves golpecitos y una puerta se abrió dejando ver la escalera. Bajó hasta un pequeño sótano, en el cual celebraban los líderes sus reuniones privadas. Encendió la luz y recorrió la habitación con la mirada. Ahí, en un rincón, sentado en el piso, con semblante agotado y desaliñado, se encontraba El Iluminado.
- ¡Azaiel! - Exclamó - Pero ¿Qué estás haciendo aquí?... ¿Sabes acaso el caos que se vivió allá afuera? ¡Todos se han ido!... Solo quedamos tú y yo...
- Tú y yo - lo interrumpió - Así es. Solo quedamos tú y yo, pero no por mucho tiempo, mi amigo.
- ¿A qué te refieres?
- Es el Día Tres, Aníbal. Desde el primer día llegó el fin, sí, pero al parecer solo para los líderes. Solo quedamos tú y yo... supongo que se reservó lo mejor para el final, ¿Cierto? - dijo, soltando una estrepitosa carcajada. Después su gesto cambió y bajó la mirada - No se suponía que pasara todo esto... Se suponía que no debía pasar nada pero... Ya no entiendo...
Aníbal desvió la mirada a la botella vacía que estaba en el piso, junto a él.
- Has estado bebiendo... - Dijo, casi para sí mismo, como comprendiéndolo todo.
- No lo suficiente - Contestó Azaiel, sonriendo.
- Azaiel, salgamos de aquí, mira, tenemos que...
- ¡Ya basta! - gritó, interrumpiéndolo, tratando de incorporarse. - Yo no soy Azaiel, ¿Es que no te das cuenta? ¡Todo es una mentira!
Aníbal se acercó.
- ¿De qué estás hablando? ¿Qué es mentira?
- ¡Pues todo! - contestó acercándose una silla - Escucha, mi nombre no es Azaiel, por favor ¿Quién se puede llamar así? - Dijo, entre risas. - No existe ningún "Azaiel", no existe ningún "Supremo" y eso de los "Ilahi Lux" fue un nombrecito producto de una combinación de palabras que me inventé hace ya mucho tiempo.
Aníbal escuchaba, pero no podía creer. No era posible que el mundo en el que vivía fuera una mentira. Le temblaban las piernas. Se sentó en una silla, a la mesa, frente a él y le respondió:
- Pero... todo lo que decías, los mensajes de El Supremo, la doctrina, tus retiros espirituales... no... todo eso no puede ser mentira.. no...
Azaiel se echó hacia atrás, miró al techo, sacudió un poco la cabeza y continuó:
- Los mensajes, la doctrina, todo se me ocurrió a mí. ¿Y los retiros?... - Empezó a reír al recordar - No eran más que unas no tan merecidas pero sí muy seguidas vacaciones a los lugares más exóticos, en los hoteles más lujosos que te puedas imaginar. Todo ello patrocinado, claro, por las generosas aportaciones de mi congregación... ¿Qué te parece?
Aníbal no podía contener su enojo.
- Todo este tiempo nos has estado engañando... ¡Todo era falso! ¿Cómo pudiste?... dilapidé mi fortuna, el producto del trabajo y el esfuerzo de mis padres... te entregué todo lo que tenía ... ¿Qué hiciste con eso? - preguntó molesto, alzando la voz.
Azaiel se levantó y se dirigió al pequeño refrigerador que tenían a un lado de la mesa. Sacó otra botella y bebió un largo trago. Regresó a su silla, y mirando de frente a Aníbal, le contestó cínicamente:
- Puedes tener la tranquilidad de que fue muy bien gastado. Unas fiestas tan extravagantes que no lo creerías... viajes, vinos, de los más caros y finos que te puedas imaginar... mujeres hermosas... incluso compré una mansión cerca de una espléndida playa. Desafortunadamente la tuve que vender el año pasado. Tú sabes, las finanzas no estaban bien por aquí y yo tenía muchas deudas. Este negocio ya no era rentable, por eso pensé en irme de una vez y buscar otra cosa después de los famosos "Tres Días".
Aníbal golpeó la mesa y se levantó. Se dio media vuelta, y se frotó el rostro con desesperación. Se volvió bruscamente hacia él:
- ¡¿Cómo pudiste hacerme esto?! - gritó, al borde del llanto.
Azaiel pareció recobrar la compostura un momento.
- ¿Hacerte qué, yo a ti? No, mi estimado amigo, yo no te hice nada. Tú te lo hiciste solo. Tú y tu falta de autoestima, tú y y tu debilidad de carácter, tu falta de fe. Yo solo era un joven solitario y un tanto haragán, con mucha imaginación, que buscó la manera de hacer dinero fácil vendiendo un producto que aún hoy en día escasea demasiado: Fe.
Se levantó de la silla, y caminaba por la habitación con la botella en la mano mientras hablaba.
- La gente está hambrienta, Aníbal, pero hambrienta de fe, de algo en qué creer, de algo a qué aferrarse, de alguien a quien achacarle las consecuencias de sus errores. Les encanta pensar que no son responsables, que hay alguien más allá de su pobre entendimiento que está jalando los hilos. Yo solo les di lo que querían, lo que pedían a gritos. Y tú, Aníbal, eras tan deliciosamente débil e impresionable... Y mira que al principio te creí más inteligente pero ... - Se interrumpió. La risa le impidió continuar su discurso. Aníbal sudaba, apretaba los puños y guardaba silencio.
Azaiel se dejó caer en la silla nuevamente, se puso muy pálido.
- No me siento bien - dijo, calmado - Sabes, me parece que si muero ahora no sería tan malo. Hice de todo, viví como un rey, intensamente. Fui amado y hasta venerado.
Se pasó la mano por la frente e intentó respirar profundo.
- He sido un dios y un demonio a la vez, Aníbal, dudo que algún pobre mortal pueda presumir de ello.
- Te equivocas, quien quiera que seas... tú no eres ningún dios. - contestó Aníbal con mirada retadora.
Azaiel se acomodó un poco en la silla.
- Creo que llegó mi turno... maldito Día Tres... jamás lo pensé...
Al decir estas palabras, se desplomó en el suelo, empezó a convulsionar y finalmente, dejó de respirar. Aníbal se incorporó para mirarlo, y al ver sus ojos vacíos, supo que no había nada mas que hacer. Se sentó en el suelo, junto a él, y durante horas estuvo en la misma posición, como acompañando al cuerpo inerte que yacía a su lado. Pensaba en todo y a la vez en nada.
Finalmente se levantó y se dirigió a la escalera. Salió del Gran Salón para volver a su casa. Se tumbó en el sillón y el reloj dió la una de la mañana. Había transcurrido el tercer día completo y aún estaba vivo.
EL PRINCIPIO DESPUÉS DEL FINAL
Aníbal se despertó con una jaqueca bastante fuerte. Al principio tenía la esperanza de que todo hubiera sido un mal sueño, pero enseguida se dio cuenta de que no era así. Esta era su triste y la única realidad. "¿Qué voy a hacer ahora?" pensó.
En todos estos años jamás se molestó en aprender un oficio. No tenía dinero, ni una casa propia. No había estudios ni trabajo.
- A dónde voy a ir... ¿De qué voy a vivir? - se decía a sí mismo en el espejo, mientras se lavaba la cara.
Todo su mundo, todo en lo que creía y en lo que basaba su existencia era un espejismo, había desaparecido, dando paso a una terrible realidad. Se odiaba a sí mismo por ser tan ingenuo. Sentía demasiadas cosas a la vez. Tomó su cabeza entre las manos y se recostó de nuevo. De repente y en un instante se sentó en la cama y esbozó una sonrisa. Los años vividos entre los falsos Ilahi no serían en vano. Algo había aprendido estando tan cerca de Azaiel, y ahora sabía exactamente lo que tenía qué hacer.
En una tarde soleada, la gente se amontonaba en una calle no tan desierta de alguna ciudad lejana. De pie, sobre un pequeño banco de madera, un hombre hablaba en tono fuerte, reconfortante y seguro, anunciando el final de los tiempos. Hizo una pequeña pausa, se quitó los anteojos, sacó un pañuelo del bolsillo izquierdo y los limpió cuidadosamente, se volvió a guardar el pañuelo, se colocó los anteojos y volvió su mirada segura y amable hacia su incipiente congregación.


0 comentarios:
Publicar un comentario